Ella es una princesa que no cree en hadas, ni príncipes. Mucho menos en finales felices. Ella es una princesa que saca las uñas y pelea por lo que quiere. Ella es la pequeña de las mejillas encendidas, rojo carmín, la piel nívea y los ojos tristes. Ella es la princesita destronada de su torre de cristal, con el rimel corrido, la nariz roja de tanto llorar y la boquita pintada del color de las fresas.
Arrastra con ella, en la maleta de las ilusiones rotas -esa que se preocupa de llevar siempre a cuestas-, su corazón, reducido a minúsculos pedacitos que rebotan contra el suelo, convirtiéndose en añicos de cristal. Cristal de colores, como el arcoiris que ve desde su ventana.
Hoy hace frío y afuera llueve, pero a ella no le importa. Se ha secado las lágrimas, ha sonreído al espejo y se ha puesto su vestido favorito. Se ha calzado los tacones rojos y se ha soltado la melena, convertida en puro fuego. Hoy va a arder la noche.
Así que tú, tú oye. Ten cuidado, niña guapa. Ten cuidado porque hoy la princesa está dispuesta a recuperar su corona.
Tiembla. Esta noche nadie va a ser más zorra que ella. Ni siquiera tú.